lunes, 18 de mayo de 2015

El 'Tarzán' de Leticia

Foto: Miguel Andre Garrido.
Se presentó ante nosotros en una canoa. Con ceño fruncido y una mejilla inflamada preguntó quién estaba listo para escalar, “les toca por su cuenta, yo no le voy ayudar a ninguno”, agregó sin poder contener la risa ante la cara de un grupo de periodistas de la capital que jamás se había atrevido a subir hasta la cima de un árbol de 35 metros de alto.

Muchas cosas llaman la atención sobre el guía: para las mujeres era la espalda ancha como un roble, los brazos igualmente gruesos y un carisma que combina a la perfección la seriedad propia de una persona encargada de mantenernos a salvo con las bromas y comentarios que haría alguien que quiere reducir la tensión y relajar a quienes lo rodean. Para los hombres, era la dentadura completamente verde, que acompañaba el cachete del tamaño de una pelota de ping pong, y los tatuajes en las piernas donde resaltan los rostros de dos indígenas.

La tez morena, el cabello y bigote azabache y los ojos ligeramente rasgados podrían delatarlo, si no fuera por su estatura, considerablemente mayor a la de los indígenas que habitan la amazonía colombiana. Sin embargo sí tiene raíces “ancestrales”, como bromean sus amigos. Su abuelo era un marinero proveniente de pasto, su abuela, una indígena Ticuna del Brasil. Fruto de su unión nacería una muchacha mestiza que años más tarde se casaría con un paisa. Quizá esa mezcla cultural es la que lo conecta con la naturaleza y le otorga ese implacable espíritu aventurero.

A sus 33 años de edad, Gary Botero Pantoja puede decir que ha hecho de todo. El leticiano, que entre otras cosas se desempeña desde hace seis años como instructor de Canopy de la reserva Marashá -un paraíso natural perdido entre las selvas colombiana y peruana-, se dió cuenta de su pasión cuando apenas estaba en octavo grado. Vivía en Bogotá a petición de su abuela paterna, que daba todo por conocerlo, y de allí se trasladaba todos los fines de semana a Suesca donde sus amigos, que lo llamaban “Amazonas”, le enseñaron a escalar. No tardaría mucho en darse cuenta de su talento innato para el deporte.

Cosas de la vida lo harían regresar a su tierra natal, donde cambió las rocas por árboles. Su actividad pronto comenzó a evolucionar hasta convertirse en trabajo, cuando a Leticia comenzaron a llegar biólogos interesados en estudiar el ecosistema del dosel de la selva. El trato era simple, él los llevaba lo más alto posible de forma segura y a cambio ellos le enseñarían todo lo que hay que saber sobre la fauna y flora de la amazonía colombiana. Con ese espaldarazo inicial fue que a sus 20 comenzó el curso de técnico en guianza que el Sena todavía dicta en esa esquina del país.

Los leticianos dicen que las aguas del Amazonas llaman, a pescar, a nadar, a navegar. No es de extrañar que pronto Gary agregara las competencias en kayak por el río a su lista de aventuras. Fue precisamente durante una de estas que conoció a Boran Mihalovik, el ‘serbio amazónico’, como lo llaman en el sector, quien impresionado por el desempeño del leticiano decidió invitarlo a trabajar durante un tiempo. “Todo se fue conectando”, dice Gary al respecto, pues el proyecto en el que se involucró fue el de la construcción de la plataforma de Canopy de la reserva Tanimboca, una que después de 13 años sigue en pie a pesar de los fuertes vientos y las incesantes lluvias del invierno.

Construir una plataforma como esa no es fácil, bien lo sabe Botero que ya ha construido otras dos sobre árboles de más de 30 metros de altura. Lo primero es evaluar la salud de la planta, que no tenga descomposición en las raíces ni termiteros en las ramas para que pueda soportar el peso de la gente que va a subir sin romperse. Luego hay que arriesgar la vida escalando por las lianas para poder instalar las poleas por donde va a subir todo el equipo de montaña y tomar las medidas para hacer la estructura, que se construye en tierra para luego elevarla y acomodarla.

Por más increíble que parezca, esa última parte se hace sin ninguna puntilla, para no dañar el árbol, en cambio se utilizan tacos de madera, que a fuerza de inercia y gravedad dejan todo asegurado. El mismo proceso se realiza en el árbol de en frente, a 250 metros de distancia en la última  plataforma construida por el leticiano, para finalmente pasar un cable metálico capaz de soportar 4 toneladas de peso para conectarlas ambas.
Foto: Miguel Andre Garrido.

Si bien todo esto suena impresionante, el aprendizaje de Gary no finalizó ahí. Con los años y la ayuda de otros compañeros guías fue comenzando a visitar las malokas de la Amazonía colombiana, donde comenzó a aprender de tribus como la de los Huitoto, quienes a pesar de la piel oscura lo llaman “blanco” por no tener sangre completamente indígena, si le enseñaron claves para vivir en la selva y algunas de sus tradiciones más importantes, como la del mambe. Algo en lo que prefiere aclarar, con toda la seriedad del caso, que: “uva no es vino, caña de azúcar no es aguardiente y coca no es cocaína”.

El mambe, como explica, es un polvo verde, producto de triturar y cernir las hojas de coca mezcladas con cenizas de hoja de yarumo, para masticar, algo que hace que la mejilla parezca inflamada, como esa misma tarde, mucho antes de que tuviéramos tiempo de sentarnos a hablar. Se trata de una medicina indígena usada para relajar el cuerpo en momentos de tensión, por lo que no es extraño encontrarse con guías que lo utilicen mientras trabajan. Sin embargo también tiene un significado espiritual, en tanto que se puede decir que un joven que hace un mambe aprobado por su abuelo se ha convertido en hombre.

Gracias a esto, y a su trabajo con la Defensa Civil de Leticia es que también es capaz de adentrarse por días en las selvas colombianas con grupos pequeños de personas a su cargo, para vivir la verdadera experiencia de conectarse con la naturaleza y, si se cuenta con suerte, avistar leopardos y hasta anacondas de forma segura. Si bien su nombre significa “Guerrero de Dios” en hebreo, una idea de su padre, Gary parece más un tarzán moderno viviendo en medio de la amazonía, uno que ahora tiene como ambición navegar todo el río amazonas a fuerza de remo, una travesía que puede tomar cerca de 20 días si consigue los permisos necesarios para hacerlo. Una aventura que de realizarse se robará más de un encabezado, habrá que ver.

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